martes, 14 de abril de 2009

LOS NIBELUNGOS

Der Nibelungen: Siegfried (1924)
Der Nibelungen: Kriemhilds Rache (1924)
Dir.: Fritz Lang
Alemania


A veces, lo que queda de una película en el espectador son imágenes sueltas, imágenes que se graban tan poderosamente que pueden llegar a ser lo primero que uno piensa cuando piensa en, por ejemplo, como en este caso, "épica". Cuando uno ve muchas películas, tienden a confundírsele en la memoria, incluso a ser borradas hasta el punto de recordarlas como si no se hubieran visto: pensamos en estas películas con la imagen que teníamos de ellas antes de verlas. Pero, aunque muchas se esfumen, merece la pena insistir, porque siempre habrá algunas que se queden grabadas, por completo o algún elemento aislado, y esas impresiones que permanecen son las que le dan valor y sentido a ver cine. Esto es extensible a cualquier otra forma de expresión, claro. No hablo de las imágenes canónicas y clásicas, impuestas por la tradición: hablo de las que se le imponen a uno por sí mismas (que, por supuesto, pueden también ser las canónicas). Los Nibelungos es una de esas escasísimas películas que se quedan grabadas a fuego. Son unas cinco horas divididas en dos películas, cada una en varios cantos/episodios. Y es épica, auténtica épica. Es evidente que las duraciones largas, así como las novelas gordas, tienen muchas más posibilidades de funcionar como épica o, al menos, de ser percibidas como tal. La extensión masiva es una condición casi necesaria para sentir la épica, casi entraría en su definición. Pero no es suficiente. Troya o ¿Arde París? no funcionan a nivel épico, son planas; Los Nibelungos o Ben-Hur sí. Pero ¿qué se entendería por épica? Por ejemplo, una historia que consigue transmitir la sensación de ser más grande que la vida, que hace sentir a quien la ve que exige ser contada.

Los Nibelungos es épica en su origen, ya que adapta un cantar medieval. Pero la épica de la película es moderna y puramente cinematográfica, no medieval, y ahí reside su mayor mérito. Utiliza la sugerencia legendaria y mítica de la imaginería de la Edad Media, que se asocia con grandes historias que forjan el espíritu de una nación, con héroes que luchan contra todo (dragones incluidos), con aventuras de las que depende el futuro no de unos pocos personajes, sino de toda una cultura. Pero la forma de contarlo es totalmente moderna, en absoluto literaria ya en esos años tan tempranos del cine. Los Nibelungos basa su calidad épica en su ritmo, una cadencia que funciona por el tiempo que se mantienen las imágenes en pantalla, casi (o por completo) estáticas. Esto es cine, no fotografía: la percepción del poder de sus imágenes viene de su fuerza pictórica y mítica, sí; pero también del tiempo durante el que nos son expuestas. Y la percepción de esta duración viene dada por el montaje, porque contrastan unos tiempos con otros. Se combinan elementos de fotografía/pintura (imagen) y elementos literarios (ritmo) para resultar puro cine. El ritmo de Los Nibelungos es lento y preciso, el de la gravedad típicamente germánica. Una gravedad que, lejos de la sobriedad introspectiva tal vez más característica de lo serio mediterráneo, es excesiva, casi extravagante. Se nos expone a una duración titánica con un ritmo adecuado a los titanes que vemos, a la trascendencia de sus acciones, que han de suceder lentamente porque no cabe error, ¡tantas cosas dependen de lo que hagan! Y, para asegurarse de que queda todo bien claro: cuanto más, mejor. El minimalismo, aunque puede aparentar ser tal, no tiene cabida aquí, porque no es suficientemente expresivo para lo que pide una historia tan grandiosa. En realidad, hay una potencia que viene del exceso (interno y externo) de los caracteres y de sus actos, de la inevitabilidad de éstos, y arrolla: esa es la épica.

Funciona no sólo como un todo, sino que también cada canto particular, cada escena, es síntesis del hálito épico del conjunto. La historia contada es tan importante que cada momento se siente con toda intensidad, como un climax. Todo lo contado exige ser contado, es necesario. No es nada fácil mantener esa intensidad durante cinco horas. Pero Lang lo consigue. Hay que volver aquí a eso que decía de las imágenes tan poderosas que se imponen por sí solas: es cine, y se recuerdan tanto por la imagen estática como por su duración. Se puede sentir en todo su esplendor en una imagen como la del loco Atila, con una locura aterradora por ser sus consecuencias propias sólo de grandes hombres. No se ve un actor caracterizado, sobreactuando a un pobre hombre con delirios de grandeza. Fritz Lang consigue que veamos al verdadero monstruo como si fuera real, su vehemente demencia auténticamente amenazadora. Volvemos a sentir el mito como tal, no como ficción.