sábado, 23 de enero de 2010

"9" y el fin de la tecnología

9 (2009)
Dir.: Shane Acker
USA
No toda la ciencia-ficción post-apocalíptica es ciencia-ficción. 9 es más bien una terrorífica dark fantasy, y lo es por una razón principal: no hay humanos, no hay ciencia. Después de una guerra entre hombres y máquinas, que surge de un imperialismo pseudonazi -no de uno capitalista...-, los primeros se han extinguido, y el mundo, el verdadero mundo, el que no puede explicar la cultura, ha retomado el control. La única forma que tenemos de entrar es mediante unos minúsculos autómatas de trapo, resto antropoide en un ambiente casi extraterrestre, un infierno desolador y alquímico más cercano a Hellraiser II que a Wall-E. Estos híbridos de magia, ciencia y recuerdo hacen el papel de los seres humanos, pero son como mucho su eco, por lo que la inquietud se apodera del espectador porque la identificación no es plena y porque no tiene algo realmente reconocible a lo que aferrarse. Todo sucede en los restos de una ciudad europea (¿París?), lo que convierte el ambiente en algo más puro, cercano, auténtico, que si hubiera sucedido en alguna ciudad americana, más identificable con lo frío y lo técnico. El pasado europeo sugiere hoy un tiempo más remoto y un mito más profundo. En todo caso, después del tiempo de los humanos, la tecnología se ha quitado el velo y se muestra como lo que es: pura magia. Sólo queda un cyborg dinosáurico que remite al principio de todo, el círculo que vuelve a empezar es lo que hay al terminar nuestra breve presencia en la Tierra. La ley de la selva. Sin embargo, el dominio antropocéntrico fue algo demasiado poderoso, su presencia sigue planeando sobre todo, y el nuevo mundo se ve forzado a rehumanizarse, a partir de esos nueve muñequitos que representan la multiplicidad de la personalidad moderna y la fuerza avasalladora de lo humano, aunque sean sus migajas. El hombre actual está roto en varios pedazos, el individuo como una unidad es algo del pasado. Pero todavía puede imponer su estilo... y para eso hay que volver a empezar, reinterpretar todo. ¿Cómo? A partir de un nuevo origen.

9
es el relato de un nuevo mito de origen. Pero lo interesante es que las bases culturales ancestrales son tan potentes que ni siquiera el nuevo hombre múltiple puede inventar nada mejor. Incluso el humano postmoderno, de vuelta de todo, busca entenderse a sí mismo a partir de la religión. Los muñequitos despiertan a la bestia creadora, una máquina que aglutina un montón de símbolos de divinidad, que es capaz de crear nuevas formas de ¿vida?. Estas formas son una especie de máquinas lovecraftianas que bien podrían haber salido de algún ángulo, un portal interdimensional que se ha abierto por llevar la tecnología demasiado lejos, que conectara el universo que conocíamos con las profundidades del cosmos. O de uno de esos documentales-ficción que elucubran, con pretensión de no interferencia de la imaginación antropomórfica, sobre cómo serían los hipotéticos seres de Júpiter. En las dos partes de las interesantísimas Screamers, basadas en un relato de Philip K. Dick, también había una máquina capaz de crear nuevas máquinas, pero allí lo hacía en un planeta americanizado: la máquina creadora había sido montada con la ciencia y hacía criaturas de ciencia-ficción; la máquina-divinidad de 9 surge de la taumaturgia, y genera seres mágicos. Lo que en Screamers era un mundo tecnológico aún capitalista, aquí es un mundo (post)tecnológico mítico, que es inevitable que tienda a lo religioso. La progresión dramática es algo tosca y apresurada; lejos de ser molesto, esto emparenta a la historia con la pureza narrativa de otros mitos originarios, como los griegos o los bíblicos (por no hablar de lo agradable que es ver algo que no funciona con los modos y ritmos típicos del resto del cine de animación). Pero ¿es que sólo se puede recuperar al hombre a partir de la religión? Hoy por hoy, así parece. En lugar de aprovechar las nuevas tecnologías y la nueva concepción del ser humano para crear algo nuevo, se vuelve a lo mismo. La única forma de avanzar en el universo que estamos creando es llevarlo lo más lejos posible hasta que nos pasemos y volvamos al principio. ¿Es una postura demasiado conservadora y que desconfía de las posibilidades de la humanidad? ¿Desconfía de su creación, la tecnología, y cree que sólo puede ser realmente humana cuando la abandone -se abandone- y se entregue a fuerzas religiosas? Pero entonces ¿por qué se caracteriza a la divinidad como un ente de maldad íntegra, que no sólo no está ahí para ayudar sino que sólo está para destruir? ¿O está como medio para que lo humano se crezca contra ella y encuentre combatiéndola su dignidad y el sentido de su vida? Al final sólo queda un mundo desolado y muerto, sin tecnología ni religión, y una nueva familia fundadora.